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Octavio Granado,
SECRETARIO DE ESTADO DE LA SEGURIDAD SOCIAL

Dice el diccionario que un pregón es una declamación en un sitio público de algo que no se conoce, pero que conviene que todos sepan. Nada más incierto en estos momentos. La mayor virtud de un pregonero es ser puntual, breve y superficial, porque lo único bueno del pregón es que se acaba, y da paso a la fiesta.

En tiempos antiguos un pregón era un permiso. Los días de fiesta eran días sagrados, y la fiesta era rito y juego a la vez. El único tiempo libre era el de la fiesta, y en la fiesta se comía lo más delicioso, tenía lugar lo más placentero, podían recorrerse los cotos vedados el resto del año. El aire de la fiesta nos hacía libres, y lo que sucedía en la fiesta, quedaba, como dicen en Venecia, tras la máscara, sin que hubiera sido nada con la vuelta a la rutina.

Hoy tenemos más tiempo libre, lo que no nos hace necesariamente más felices, y la fiesta parecería menos importante. Lo sagrado se ha vuelto más intrascendente, y los burgaleses bien lo sabemos, que hemos olvidado a nuestro santo patrón, Lesmes, un hombre famoso, sabio y bueno, pero cuya conmemoración es demasiado invernal para este clima nuestro, y buscando al sol y al calorcito, encontramos a San Pedro y San Pablo. Y por dar gusto a la Real Academia, diré algo poco conocido, y es que el nombre auténtico de Lesmes era el de Adelelmo, lo cual sin duda es otro buen motivo para que las fiestas de Burgos se hayan trasladado a San Pedro y San Pablo, santos no sé si más ilustres pero de seguro más pronunciables.

Pero no nos engañemos, que la fiesta es menos sagrada pero más necesaria. Porque de fiestas también se vive, y si el tiempo nace con el hombre, la felicidad aparece con el tiempo disfrutado. La fiesta reconstruye con tracas y charangas parte de nuestra identidad. Como decía el poeta, nosotros somos quien somos. Los que nos juntamos unos días del año a ver las carrozas, los fuegos artificiales, las corridas de toros, los que recibimos a nuestros amigos ausentes y recordamos a quienes nos han dejado (el último año, el mago de las pirámides, el buen doctor, el sabio descriptor de nuestro arte, amigos, familiares…). Los burgaleses, los que en este rincón del mundo, que ha sido inicio de todos los tiempos de los hombres y centro de la espiritualidad del Camino de Santiago ahora vamos a dedicarnos unos días a pasarlo bien.

Y por terminar, porque la fiesta, en tiempos tan duros como nos toca vivir, es una tregua, en la que por unos días podemos intentar olvidarnos de la crisis, de las malas noticias, de todo lo que nos fastidia, de nuestras desgracias y sinsabores. Levantar como bandera blanca pañuelos y blusas, bajar la persiana de la preocupación y arrinconar en un baúl todos los problemas con las siete llaves prendidas del chupinazo.

Así que, burgaleses, aprovechad el momento, que se acaba el pregón y se calla el pregonero. Comienza el desfile, suenen las verbenas, proclámense reyes y reinas, saquemos brillo a las estatuas, comamos y bebamos, con moderación pero con acierto. ¡Viva Burgos! Y ¡Vivan las Fiestas de San Pedro y San Pablo!